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Red Internacional

OPINION. Transformar el mundo

A propósito del reciente natalicio 197 de Karl Marx el 5 de mayo, y en momentos en que se abren nuevas y viejas encrucijadas estratégicas y políticas para la clase obrera y los oprimidos, resulta pertinente desmontar algunas afirmaciones que caricaturizan su pensamiento.

Juan ValenzuelaProfesor de filosofía. Partido de Trabajadores Revolucionarios.

Miércoles 6 de mayo de 2015 | 23:44

Una bastante extendida en ámbitos académicos concibe que el marxismo es una concepción en la que los sujetos somos simplemente determinados por estructuras económicas o por lo material. Lo cierto es que esas nociones, están lejos de pertenecer al pensamiento de Marx.

El filósofo francés Michel Foucault, en “La verdad y las formas jurídicas”, un libro que compila una serie de conferencias pronunciadas en Rio de Janeiro en mayo de 1973, plantea que “existe una tendencia que podríamos denominar, de una manera un tanto irónica, marxista académica, o del marxismo académico, que consiste en buscar cómo las condiciones económicas de la existencia encuentran en la conciencia de los hombres su reflejo o expresión. Creo que esta forma del análisis, tradicional en el marxismo universitario de Francia y de Europa en general, tiene un defecto muy grave: el de suponer, en el fondo, que el sujeto humano, el sujeto de conocimiento, las mismas formas del conocimiento, se dan en cierto modo previa y definitivamente, y que las condiciones económicas, sociales y políticas de la existencia no hacen sino depositarse o imprimirse en este sujeto que se da de manera definitiva”.

Una serie de argumentaciones posteriores se basan en este tipo de planteos, ya no para discutir sólo con un cierto “marxismo académico” sino con el marxismo en general. Esto que Foucault denomina irónicamente de ese modo, seguramente pensando en sus colegas profesores universitarios como Althusser; tiene un símil en la versión estalinista del marxismo, cuyos rudimentos teóricos siempre enfatizaron de modo unilateral el aspecto de la determinación de la superestructura por la estructura.

Esto contrasta con la afirmación que hizo Marx en 1845, en sus conocidas “Tesis sobre Feuerbach”: “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Esta tesis revela tempranamente el carácter que años más tarde resaltará Mehring en su biografía de Marx: la primacía del luchador sobre el hombre de pensamiento. Pero bien esto nunca fue en desmedro del pensamiento. El legado teórico de Marx constituye una enorme reserva, qué duda cabe. Y en su interior también se hace visible el carácter revolucionario de Marx.

En las mismas “Tesis sobre Feuerbach”, Marx trató el asunto de la transformación del mundo reiteradamente. Ya en la “tesis I” escribía: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva”.

En esta tesis vemos un tratamiento de la relación entre lo subjetivo y lo objetivo no planteada previamente en el materialismo. Acorde a la crítica realizada por Marx y Engels en “La Ideología Alemana”, el propio Feuerbach -que cumplió un rol central en el paso de ambos a la filosofía materialista-, concebía objetos externos que los sujetos podían reflejar en su consciencia, pero no problematizaba en qué sentido estos mismos objetos eran productos de estos sujetos y tampoco historizaba al propio sujeto humano y su consciencia. Pero los mismos procesos productivos en el capitalismo, con el despliegue universal de la industria, mostraban la enorme fuerza transformadora de la actividad humana. Ésta se hacía y se hace objetiva en las maquinarias, las ciudades que “aparecen como por arte de magia”, en el desarrollo, configuración y en las crisis cíclicas de la economía de la sociedad, incontrolables para cualquier individuo de la sociedad. Eso, a su vez, va configurando nuevas clases sociales, como el proletariado y la burguesía, nuevas costumbres como la vida en las grandes urbes, nuevos factores de muerte como los fallecimientos infantiles en las primeras fábricas inglesas. El proceso de producir los medios de vida, las herramientas para producir esos medios de vida y la reproducción humana, la sucesión de generaciones, son la condición para cualquier historia, de acuerdo a lo que señalan Marx y Engels en “La ideología Alemana”.

Esta verdad es simple, pero muchas se olvida: el mundo en el que nos desenvolvemos no es sólo natural, existe también una dimensión social que es producto del actuar constante de los seres humanos en el mundo. Este actuar se vió potenciado -al punto de abrir nuevos peligros- con el advenimiento histórico de la industria capitalista. A esto se refiere Marx cuando escribe en la tesis V: “Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana práctica.”

Pero bien, sería un error limitar esta noción de “actividad humana objetiva” al ámbito de la producción. Marx utiliza reiteradamente la noción “práctica revolucionaria” en las “Tesis...” Esto, porque Marx, que había girado ya al comunismo cuando escribió estas tesis, era conciente del papel trasformador de la acción revolucionaria en la historia, como lo había mostrado no sólo la gran revolución francesa en 1789 y especialmente en 1792, sino las insurrecciones de la década de 1930 en Francia. Lo que subyace a esta concepción de “actividad humana objetiva” es una visión según la cual no es posible separar mecánicamente los ámbitos subjetivo y objetivo, situándolos en dimensiones separadas en términos absolutos. El materialismo reconoce que el mundo objetivo es exterior a la consciencia, y ese es su punto de partida. Pero esa exterioridad no es absoluta, en cuanto el sujeto en Marx no es una categoría filosófica analogable a un cogito cartesiano que existe por sí mismo: ninguna consciencia se sostiene por sí misma sin la materia y las relaciones sociales. De allí que en Marx el sujeto, lejos de ser un concepto estrictamente filosófico, lejos de ser “previo y definitivo” con formas “estáticas preestablecidas” como sugiere Foucault que sería el marxismo académico, es productor y producido. Y el sujeto histórico que hoy produce y que puede transformar la sociedad, es la clase obrera.




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