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2 de diciembre de 2021 Twitter Faceboock

REBELIÓN EN EL OASIS
Autodefensa y huelga general en la rebelión de 2019
Juan Valenzuela | Profesor de filosofía. Partido de Trabajadores Revolucionarios.
Alejandra Valderrama

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(Artículo publicado en el libro Rebelión en el Oasis, marzo 2021).

Las jornadas revolucionarias que acontecieron el 18 y 19 de octubre de 2019 en Santiago y el 19 en el resto del país, la huelga general del 12 de noviembre de ese mismo año, las manifestaciones callejeras y choques violentos con la policía que se desarrollaron a niveles muy agudos al menos hasta noviembre de 2019; permitieron revelar, no sólo el potencial de la acción revolucionaria de masas en el terreno de la lucha física con las fuerzas represivas, sino también el comportamiento del Estado frente a este potencial. Estudiando esos enfrentamientos y sus principales consecuencias, es posible elaborar hipótesis acerca de cómo sería una victoria en este ámbito para las y los explotados y oprimidos en las luchas por venir.

No se trata de una tarea menor. Si atendemos a la clásica tesis de Clausewitz recuperada por el marxismo revolucionario -la guerra es la continuación de la política por otros medios-, se hace notorio que los objetivos políticos que se trazó el movimiento de masas en la rebelión -sacar a Piñera del gobierno y convocar a una Asamblea Constituyente para terminar con la herencia económica-social de los 30 años- era de imposible realización si en las calles de las principales ciudades no se conseguía una victoria sobre las fuerzas represivas. En este artículo queremos argumentar que eso sí era posible a condición de que la clase trabajadora desplegara todo su potencial a partir de su peso estructural.

La revuelta y la respuesta del Estado

“Estado de emergencia en Santiago: Ola de violencia azota la capital y siembra caos y destrucción”. “Violencia desatada golpea a Santiago: vándalos destruyen una veintena de estaciones del metro y queman el edificio de Enel”. Con esos titulares el diario derechista El Mercurio registraba lo acontecido la noche del 18 de octubre en el centro de la capital [1].

¿Qué era lo que ocurría realmente? El inicio de una revuelta. ¿Qué es una revuelta? Como explicaba Matías Maiello por esos días, las “revueltas se componen de acciones espontáneas que liberan las energías de las masas y pueden tener importantes niveles de violencia” y tienen como una de sus características distintivas que “el movimiento de masas interviene desorganizado” [2].

Esas “acciones espontáneas” habían empezado con el método de “saltar los torniquetes” en las estaciones del Metro en rechazo al alza de treinta pesos que protagonizaron los estudiantes secundarios -principalmente del centro de Santiago-, que contaron con una evidente simpatía de la mayoría de la población. Ya habían pasado varios días en los que los estudiantes secundarios ingresaban en el metro sin pagar el pasaje y burlando la seguridad. Desde temprano, ese 18 de octubre, el aire estaba recargado y las acciones se tornaron más confrontacionales. Se produjeron protestas en estaciones como Las Rejas de la Línea 1 o Los Libertadores de la Línea 3. En La Moneda, una pantalla informativa fue arrojada por manifestantes a la vía férrea y en varias estaciones fueron bloqueadas por pasajeros que se sentaban en los andenes. A las 14:51 horas, el Metro, a través de medios oficiales, informó el cierre de las líneas 1 y 2 “por desmanes causados por manifestantes que impiden contar con las condiciones mínimas de seguridad para pasajeros y trabajadores”. A las 16:53, eso se extendió a la Línea 6 y pasadas las 19:00 horas se incluyeron las líneas 4 y 4A que -de todos modos- desde más temprano estaban funcionando de manera irregular. El Mercurio al día siguiente informaba que “las consecuencias fueron instantáneas, en especial en la Línea 1 -columna vertebral del modelo y que transporta a más de un millón de usuarios- debido a que los buses del Transantiago no pudieron resolver el caos en la superficie” [3].

El transporte en la ciudad de Santiago colapsó. La alta concentración de puestos de trabajo en el comercio, oficinas, construcción y servicios en la zona central y oriente de la ciudad, empuja a que día a día, cientos de miles de personas tengan que desplazarse durante horas en metro y/o en Transantiago, en viajes funcionales desde las masivas comunas periféricas con alta composición de clase trabajadora como Puente Alto o Maipú, para luego volver a éstas al finalizar la jornada. Las enormes aglomeraciones de personas que volvían a sus casas en los principales centros urbanos de la ciudad de Santiago fueron el reguero de pólvora sobre el cual la chispa terminó de propagar la llama: en la tarde y noche de ese 18 de octubre, por toda la ciudad se produjeron fogatas y barricadas, en avenidas troncales como la Alameda, Vicuña Mackenna, Blanco Encalada, entre otras. Hubo incendios de edificios públicos y privados como Enel en Santa Rosa con Alonso Ovalle o el Banco de Chile de la Alameda con Ramón Corvalán, y garitas de Carabineros como en Plaza Maipú. Saqueos a supermercados y retail y choques inéditos con las fuerzas policiales. Se incendiaron los pórticos de la Costanera Norte y ardieron barricadas en varios puntos de las rutas 5 Sur y 78. Efectivamente, se trató de una verdadera “liberación de energía con explosiones de violencia” como señalaba el texto recién citado de Matías Maiello.

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