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Red Internacional

OPINION.Apuntes sobre la “crisis de hegemonía” del poder político en Chile

Tiempo estimado 8:23 min


¿Hay una crisis de hegemonía en Chile? Sí ¿Por qué? Porque las instituciones centrales del régimen político democrático posdictatorial no resultan creíbles a los ojos de millones de explotados y oprimidos. De ese modo, no existe un componente en el poder político local que permita activar un “consentimiento” en torno a la conservación de la herencia de la dictadura en los ámbitos económico, social y político por parte de la Nueva Mayoría que, como es evidente, ha moderado hasta lo irrisorio su programa de reformas.

Juan Valenzuela

Profesor de filosofía. Partido de Trabajadores Revolucionarios.

Domingo 6 de septiembre de 2015 | Edición del día

Una presidenta con un 24% de apoyo y un 72% de desaprobación, una cámara con un 12% de apoyo y un 83% de desaprobación o un senado con un 80% de desaprobación y un 14% de apoyo –según los datos de la encuesta Adimark de agosto-, no pueden encabezar un proceso que proyecte un dominio burgués en un periodo histórico más prolongado, como lo hizo la misma Concertación a inicios de la década de 1990, profundizando la derrota de la clase obrera y las masas oprimidas por la dictadura.

La burguesía necesita un personal político creíble que gestione el Estado y el gobierno. ¿Quién resulta creíble hoy? Los casos Penta, Soquimich y Caval y la desvergonzada avidez de dinero por parte de personajes como Rossi o Dávalos, hacen evidente que el parlamento y las instituciones del Estado están al servicio de los empresarios. Como si la definición de “los gobiernos” realizada por Marx en el “Manifiesto Comunista”, donde señalaba que éstos eran “una junta encargada de administrar los intereses de los capitalistas”; cobrase evidencia para miles. ¿Para quién votan leyes y gobiernan estos señores y señoras que reciben millones de parte de los magnates más grandes de Chile?

En su conocido ensayo “Las antinomias de Antonio Gramsci”, Perry Anderson, centrando el concepto “hegemonía” en el parlamentarismo, analizaba cómo opera ideológicamente esta institución en la subjetividad de las masas y cómo eso se constituye en un factor que estabiliza el poder de la burguesía sobre el proletariado y las masas oprimidas:

“El parlamento, elegido cada cuatro o cinco años como la expresión soberana de la voluntad popular, refleja ante las masas la unidad ficticia de la nación como si fuera su propio autogobierno. Las divisiones económicas en el seno de la "ciudadanía" se enmascaran mediante la igualdad jurídica entre explotadores y explotados, y, con ella, la completa separación y no participación de las masas en la labor del parlamento. Esta separación es, pues, constantemente presentada y representada ante las masas como la encarnación última de la libertad: la "democracia" como el punto final de la historia.

Así pues, el Estado burgués "representa" por definición a la totalidad de la población, abstraída de su distribución en clases sociales, como ciudadanos individuales e iguales. En otras palabras, presenta a hombres y mujeres sus posiciones desiguales en la sociedad civil como si fuesen iguales en el Estado.”
El juicio de Anderson en relación el rol del parlamento en la estructura del poder burgués en Occidente, es la siguiente:

“La existencia del Estado parlamentario constituye así el marco formal de todos los demás mecanismos ideológicos de la clase dominante. Proporciona el código general en que se transmite todo mensaje específico a cualquier lugar. El código es tanto más poderoso cuanto que los jurídicos de los ciudadanos no son un simple espejismo: por el contrario, las libertades cívicas y los sufragios de la democracia burguesa son una realidad tangible, cuya consecución fue históricamente, en parte, obra del movimiento obrero mismo, y cuya pérdida sería una derrota momentánea para la clase obrera.”

Resulta interesante contrastar esta teorización gramsciana de Anderson con el estado de salud actual del régimen político en Chile. Si bien es cierto que en sus inicios, el régimen de transición a la democracia, basado en el consenso neoliberal articulado en torno a la Alianza y la entonces Concertación, concitó amplios niveles de apoyo, en tanto desvío político de las protestas de masas y huelgas contra la dictadura, hoy prima la crisis. Este proceso se ha acelerado con la sistemática claudicación de su propio programa del Gobierno ante los empresarios. El parlamento tampoco es visto como expresión de la “voluntad popular”. La función de “enmascaramiento” de las desigualdades reales tras el manto de la igualdad jurídica-política, está comenzando a fallar constantemente en el régimen político en Chile. El financiamiento directo por parte de los grandes magnates a la derecha y la Nueva Mayoría es un signo demasiado evidente a los ojos de las masas. Eso que los analistas ven en las encuestas, es posible escucharlo en las calles. En los casinos de las empresas, en las micros, en almacenes, en poblaciones, se comenta “como roban”. Este fermento en el pensamiento de millones de hombres y mujeres es un componente que puede resultarle muy complicado a los empresarios. ¿Quién va a venir para recubrir con un manto de legitimidad las relaciones neoliberales en Chile?

Si bien es cierto que Gramsci fue el primero en la tradición marxista que elaboró teóricamente el concepto de hegemonía en relación al dominio burgués sobre las masas explotadas y oprimidas, y que ese andamiaje teórico, integrado dialécticamente en la teoría de la revolución permanente [1], puede resultar útil para analizar modos democráticos de dominio burgués; es sin duda la definición clásica de Lenin acerca de la democracia, la que se hace especialmente visible cuando las crisis exponen la verdadera naturaleza de las cosas. Comparando el poder soviético con las democracias capitalistas, en su célebre polémica con Kautsky, Lenin escribía:

“Tomemos la estructura del Estado. Kautsky se aferra a “minucias”, incluso a que las elecciones son “indirectas” (en la Constitución soviética), pero no ve el fondo del problema. No nota que la máquina estatal, el aparato del Estado tiene una esencia de clase. En la democracia burguesa, valiéndose de mil ardides –tanto más ingeniosos y eficaces cuanto más desarrollada está la democracia pura-, los capitalistas apartan a las masas de la participación en el gobierno, de la libertad de reunión e imprenta, etc. El Poder soviético es el primero del mundo (mejor dicho, el segundo, porque la Comuna de Paris comenzó a hacer lo mismo) que incorpora al gobierno a las masas, precisamente a las masas explotadas. Mil barreras cierran a las masas trabajadoras el paso al Parlamento burgués (que nunca resuelve las cuestiones de mayor importancia dentro de la democracia burguesa: las resuelven la bolsa y los bancos), y los obreros saben y sienten, ven y perciben perfectamente que el Parlamento burgués es una institución ajena, un instrumento de opresión de los proletarios por la burguesía, la institución de una clase hostil, de la minoría de los explotadores.” [2]

Hoy en día, en Chile, cuando día tras día se hace evidente que el parlamento y el gobierno son herramientas al servicio del empresariado, totalmente ajenas a la clase obrera y la juventud oprimida; se hace necesario que éstas, organicen sus fuerzas, recuperando sus sindicatos y organizaciones y preparando una intervención en la arena política en una escala mayor y con una política revolucionaria. Si el “consenso” se está deteriorando, la clase empresarial buscará gobernar por medio de la “coerción”. En ese sentido apuntan medidas como la escolta policial a los camioneros, la nueva “detención por sospecha” o la presión de Burgos para aplicar la Ley de Seguridad Interior del Estado ante el conflicto mapuche. La clase obrera necesita un partido revolucionario para enfrentar a sus explotadores y desarrollar una estrategia que la transforme en la clase dirigente que destruya el Estado de los empresarios y ponga en pie un estado basado en su autoorganización.

[1] Ver revista Estrategia Internacional n°19: “Trotsky y Gramsci: convergencias y divergencias”
[2] “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, Lenin.





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